Directores financieros y riesgos climáticos: La inacción se convierte en el principal riesgo financiero para las empresas
Por Jean-Louis Bertrand, profesor de
Finanzas, ESSCA School of Management
Las pérdidas económicas anuales de las empresas europeas debidas a los riesgos climáticos físicos han pasado de 8.600 millones de euros en la década de 1980 a 44.900 millones de euros en la década de 2020. Frente a estos riesgos, los directores financieros (DAF) no tienen otra alternativa que actuar con rapidez.
Nadie reprochará a un director financiero la ocurrencia de un fenómeno climático que dañe los activos productivos o interrumpa la actividad. Sin embargo, sí se le considerará responsable, con razón, de no haberlo anticipado ni haber actuado, cuando hoy tiene tanto el deber como los medios para hacerlo.
Este deber existe porque los riesgos climáticos físicos están claramente definidos desde hace años por los marcos contables (IFRS S2) y medioambientales (ESRS). También porque estos riesgos (inundaciones, olas de calor, tormentas, incendios forestales, etc.) tienen consecuencias operativas, humanas y financieras cada vez más evidentes para las empresas.
Un estudio reciente realizado entre 550 grandes empresas muestra que, en los últimos cinco años y debido al clima, el 80% de las empresas han sufrido perturbaciones operativas, cierres temporales (70%) o definitivos (9%), pérdidas de ingresos, daños en infraestructuras y un aumento de más del 150% de los costes de los seguros.
Entonces, ¿Cuáles son los retos? ¿Y qué acciones puede poner en marcha un director financiero?
Se estima que los costes anuales de los riesgos físicos para las empresas del S&P Global 1200 se duplicarán hasta alcanzar los 885.000 millones de dólares en la década de 2030 y 1.200 millones de dólares en la década de 2050, según el escenario medio del IPCC (SSP2-4.5. Corresponde a un aumento de la temperatura media mundial de 2,7 °C de aquí a 2100, nota del editor).
Las pymes son aún más vulnerables que las grandes empresas. En Europa, el 38% de ellas se enfrentan a problemas de liquidez en los tres meses posteriores a un siniestro climático y, a nivel mundial, entre el 40% y el 60% no vuelven a abrir.
El deber se refuerza, además, por el hecho de que el coste económico mundial del calor extremo alcanzó los 835.000 millones de dólares (718.600 millones de euros) en 2023, un 50% más que la media del período 1990-1999. De aquí a 2030, el agravamiento del estrés térmico debería intensificarse, con pérdidas de productividad equivalentes a 80 millones de empleos.

Estimaciones del impacto financiero de los riesgos climáticos físicos sobre las empresas del S&P Global 1200 entre 2030 y 2090: hasta 1.200 millones de dólares (1.030 millones de euros) en 2050 en un escenario SSP2-4.5. S&P Global Market Intelligence, datos facilitados por el autor (sin reutilización).
Solo el 25 % de las pérdidas están aseguradas
En conjunto, las pérdidas económicas asociadas a los riesgos climáticos de las empresas europeas han aumentado, en euros constantes, de 8.600 millones anuales en la década de 1980 a 16.500 millones en los años noventa, hasta alcanzar los 44.900 millones de euros al año en la década de 2020. Solo el 25% de estas pérdidas ha sido indemnizado por las aseguradoras, debido a coberturas de daños limitadas, la exclusión de determinados riesgos, interrupciones de actividad no cubiertas, franquicias elevadas o, en algunos casos, a la incapacidad de los directivos para demostrar que la empresa había aplicado las “medidas habituales de prevención de daños” exigidas por la normativa aseguradora. En este contexto, la ausencia de medidas de adaptación puede hacer que un activo resulte inasegurable, con el riesgo de convertirse en un activo “varado”.
Riesgos transmitidos a los bancos
Los trabajos académicos muestran que los riesgos climáticos físicos que afectan a las empresas se transmiten a los bancos y constituyen hoy una fuente importante de riesgo sistémico.
En respuesta a esta situación, el Banco Central Europeo (BCE) reforzará la regulación a partir del segundo semestre de 2026, con el fin de integrar estos riesgos en las ratios prudenciales y ajustar el valor del colateral bancario a la exposición climática. En ausencia de información fiable sobre las exposiciones específicas de cada empresa, el BCE no tendrá otra opción que aplicar recortes prudenciales, que las entidades bancarias trasladarán posteriormente a sus clientes. Al mismo tiempo, la disminución de la asegurabilidad en las zonas de alto riesgo incrementa el riesgo residual asumido por las empresas y los prestamistas, elevando la probabilidad de impago y la depreciación de las garantías.
Adaptación: entre un 30% y un 40% menos de pérdidas
El deber se impone, por último, porque los hechos confirman que la adopción de medidas de adaptación no constituye un coste para las empresas, sino una inversión rentable.
Estas acciones de adaptación se articulan en torno a cuatro grandes ámbitos: financiero (seguros, aseguradoras cautivas, etc.), constructivo (aislamiento, balsas de retención, entre otros), tecnológico (sistemas de refrigeración, barreras anti inundación, etc.) y organizativo (planes de continuidad de la actividad, protocolos de protección de bienes y personas, organización del trabajo, etc.).
Las empresas que han adoptado medidas de adaptación registran entre un 30% y un 40% menos de pérdidas, mejoran la continuidad de su actividad entre un 25% y un 45%, acceden a financiación en mejores condiciones —con ahorros de entre 0,3 y 0,4 puntos porcentuales— y ven cómo sus activos son mejor valorados por los mercados, con incrementos de hasta un 20%. En conjunto, un estudio basado en el marco analítico del triple dividendo de la resiliencia, que abarca 320 proyectos, muestra que cada euro invertido genera 10,5 euros de beneficios.
¿Cuáles son, entonces, los márgenes de actuación para un director financiero? En primer lugar, considerar los riesgos climáticos físicos como riesgos financieros en toda regla: afectan a los flujos de caja y a la rentabilidad —a través de interrupciones de actividad y pérdidas de productividad—, al valor de los activos —por los daños y la asegurabilidad— y al coste del capital, en particular a través del riesgo de crédito.
Dos etapas para un director financiero
La primera consiste en elaborar un diagnóstico estructurado que distinga claramente entre exposición, vulnerabilidad y riesgo. La exposición describe la intensidad y la probabilidad de los fenómenos climáticos a los que están sometidos los emplazamientos y las cadenas de suministro —inundaciones, calor extremo, viento o sequía—. La vulnerabilidad refleja la sensibilidad de los activos y de las actividades frente a estos fenómenos, en función, por ejemplo, del diseño de los edificios, las dependencias críticas, la organización o los niveles de redundancia. El riesgo resulta de la combinación de ambos factores: un fenómeno de gran intensidad que afecta a un activo poco vulnerable genera pérdidas limitadas, mientras que un evento moderado que impacta sobre un activo frágil puede provocar daños significativos.
Una segunda etapa consiste en valorar financieramente estos riesgos mediante funciones de daño que vinculan la intensidad del fenómeno climático con las pérdidas esperadas —daños materiales, interrupciones de actividad y sobrecostes—. Este enfoque permite estimar las pérdidas anuales medias esperadas, las pérdidas extremas en caso de siniestro y los impactos sobre los flujos de caja y el balance en distintos horizontes temporales, es decir, el coste de la inacción, elementos indispensables para las decisiones de inversión y de cobertura.
Este diagnóstico debe actualizarse de forma periódica: el clima evoluciona, el entorno de los emplazamientos cambia —urbanización, infraestructuras— y el perímetro de la empresa se transforma —activos, proveedores—. El riesgo climático no es estático; se reconfigura año tras año, como cualquier otro riesgo financiero.
La reducción del riesgo se apoya entonces en dos palancas complementarias: la anticipación y la adaptación. Los sistemas de alerta temprana geolocalizados y la preparación operativa permiten limitar el impacto inmediato de los eventos, mientras que las inversiones en adaptación reducen de forma estructural la vulnerabilidad.
Proceso financiero clásico
La elección de las herramientas de diagnóstico y de cuantificación financiera del riesgo se vuelve, en este contexto, determinante. La guía de Perifem sobre la resiliencia climática de los sitios comerciales destaca varios criterios esenciales para su selección: la calidad y la resolución de los datos de peligros climáticos; la transparencia y la auditabilidad de los métodos de cálculo; la capacidad para generar indicadores financieros directamente utilizables —pérdidas anuales, pérdidas extremas, impactos de interrupción—; y la autonomía de uso por parte de la empresa, junto con la actualización periódica de la información.
Estas exigencias condicionan la fiabilidad de las decisiones en materia de inversión, aseguramiento y financiación.
Para un director financiero, la gestión de los riesgos climáticos físicos se convierte en un proceso financiero clásico: diagnosticar, cuantificar, invertir para reducir el riesgo y seguir en el tiempo el desempeño de la resiliencia. En un contexto de intensificación de los fenómenos climáticos, la inacción ya no es una opción; la adaptación se convierte en un determinante clave del valor y de la solvencia de la empresa.
