¿Y si resulta que estamos cumpliendo sueños?
Por David Membrive, CEO de Medialia Group
No sé si quienes llevamos muchos años al frente de una empresa somos demasiado conscientes de ello, pero pasamos gran parte de nuestra vida mirando hacia delante. El siguiente objetivo, el siguiente proyecto, aquello que todavía no funciona como debería o lo que queremos conseguir el próximo año.
Y quizá por eso pocas veces nos paramos a mirar hacia atrás. No me refiero a hacer balance de facturación, crecimiento o resultados, hablo simplemente de recordar quiénes éramos y dónde estábamos hace diez, quince o veinte años, cuáles eran nuestras pretensiones de entonces y cómo imaginábamos que podía llegar a ser nuestra vida en un futuro. Y cuando lo hacemos, a veces ocurre algo curioso. Descubrimos que muchas de aquellas cosas que en algún momento parecían lejanas forman hoy parte de nuestra normalidad.
Probablemente nunca las imaginamos exactamente como han ocurrido. Es más, creo que muchos empresarios difícilmente podríamos explicar con precisión cómo hemos llegado hasta determinados lugares. Porque casi nunca existe un gran plan perfectamente trazado desde el principio. Existe una idea, después viene otra, un objetivo que parece alcanzable, lo consigues y aparece uno nuevo algo más ambicioso. Vas aprendiendo, evolucionando, equivocándote, acertando y modificando el camino mientras tanto. Paso a paso y meta a meta.
Y cuando han pasado suficientes años, aquello que en un determinado momento probablemente vimos como un sueño excesivamente ambicioso puede que hoy se haya convertido simplemente en nuestro día a día.
La necesidad de construir
Hay personas a las que les gusta especialmente crear cosas. No tiene por qué tratarse de grandes empresas ni de proyectos extraordinarios. Puede ser un pequeño negocio, una nueva línea de actividad, un producto o simplemente una manera mejor de hacer algo que ya existe.
En mi caso, siempre he pensado que todo empieza por la curiosidad. Algo te interesa, empiezas a estudiarlo, lees, preguntas, investigas e intentas entender cómo funciona. Después aparecen las ideas y, llegado un momento, surge casi inevitablemente la necesidad de intentar poner alguna de ellas en marcha, y construir.
Creo que muchos empresarios reconocerán esa sensación. Cuando un proyecto empieza a funcionar existe una satisfacción difícil de explicar, y no me refiero únicamente a la económica. Aunque una empresa tiene que ser rentable y generar dinero, la verdadera satisfacción también está en crear, avanzar, ver crecer una idea y comprobar que aquello que un día tan solo era un proyecto termina convirtiéndose en una realidad.
Y quizá por eso, cuando finalmente funciona, muchas veces volvemos a buscar otra cosa: otra idea, otro problema que resolver u otro proyecto capaz de volver a ilusionarnos.
Soñar es fácil. Ejecutar es otra cosa
Todos tenemos sueños. Tener una buena vida, cierta tranquilidad económica, dar oportunidades a nuestra familia o desarrollarnos profesionalmente. Cada persona tendrá los suyos. La diferencia está en qué hacemos para intentar alcanzarlos.
Porque entre imaginar algo y conseguirlo existe un espacio enorme lleno de decisiones, trabajo, incertidumbre, errores y tiempo. Por eso siempre he creído más en tener un propósito y unos objetivos concretos y alcanzables, que en quedarse únicamente pensando en aquello que algún día nos gustaría conseguir.
Ser constante y persistente es importante, pero también lo es saber diferenciar entre persistencia y cabezonería. Lo que funciona durante años puede dejar de funcionar, y una idea que parecía magnífica puede no serlo tanto. Cambia el mercado, cambian las personas o cambia el mundo. Y entonces toca corregir, adaptarse y, si es necesario, cambiar de rumbo.
No tener apego a la costumbre probablemente sea una de las habilidades más importantes que podemos desarrollar como empresarios.
El riesgo también forma parte del oficio
Tomar decisiones importantes implica asumir riesgos, y quien está al frente de una empresa convive con ellos de manera prácticamente permanente. Cuando expones capital, reputación, tiempo o años de trabajo detrás de una decisión importante, sabes perfectamente que existe la posibilidad de que algo pueda salir mal.
La experiencia te enseña a analizar más, estudiar mejor, escuchar otras opiniones y dedicar tiempo a determinadas decisiones antes de tomarlas. Pero aun así, el riesgo siempre está ahí. Nadie puede garantizar el éxito de un proyecto. Y quien lleva muchos años dirigiendo empresas ha tenido que enfrentarse en algún momento a decisiones equivocadas, proyectos que no salieron como esperaba o ideas que simplemente no llegaron a funcionar.
Forma parte del recorrido. La cuestión es qué haces después. Puedes convertir cada equivocación en una razón para no volver a intentarlo o utilizarla para aprender y tomar mejores decisiones en el futuro.
Con los años, probablemente no dejas de equivocarte. Simplemente aprendes a equivocarte menos.
También existe un precio
Por supuesto, todo esto tiene una cara bastante menos romántica: responsabilidades, preocupaciones, decisiones incómodas, problemas inesperados y momentos en los que cuesta desconectar. Pero con el tiempo también se aprende a gestionar esa parte.
Aprendes a parar, a entender que un problema que no puedes solucionar hoy seguirá estando mañana y a convivir con determinadas responsabilidades sin permitir que ocupen permanentemente tu cabeza. No siempre se consigue. Hay momentos en los que algún problema extraordinario consigue romper todas esas barreras y devolvernos durante unos días a sensaciones que creíamos tener controladas.
Pero esto también forma parte de nuestra vida, porque ser empresario no es únicamente disfrutar cuando las cosas funcionan. Es aceptar todo lo que ocurre mientras intentas conseguir que funcionen.
Mirar atrás alguna vez
Hay algo que de vez en cuando deberíamos hacer, pero que generalmente hacemos bastante poco.
Parar y mirar hacia atrás.
No durante demasiado tiempo, pero sí lo suficiente para recordar qué queríamos cuando empezamos, qué nos parecía entonces imposible y cuáles eran nuestros objetivos. Y si comparamos todo aquello con nuestra realidad actual, es posible que descubramos que no hemos llegado exactamente al lugar que imaginábamos. Probablemente porque ni siquiera sabíamos entonces hasta dónde podíamos llegar.
Y quizá ahí esté una de las mayores satisfacciones de todo este recorrido. No saber exactamente cómo ocurrió.
Haber avanzado entre aciertos, errores, cambios de dirección, riesgos y oportunidades hasta encontrarnos un día viviendo situaciones que años atrás ni siquiera nos habríamos atrevido a plantear.
Después, inevitablemente, volveremos a mirar hacia delante. Y aparecerá otra idea, otro objetivo u otro proyecto. Porque probablemente quienes disfrutamos creando empresas nunca lleguemos a ese momento definitivo en el que podamos decir: “ya está, no quiero hacer nada más”. Quizá nuestra manera de disfrutar el camino consista precisamente en eso, en seguir teniendo algo por construir.
Pero, de vez en cuando, conviene detenerse unos minutos, porque puede que mientras estamos demasiado ocupados persiguiendo el siguiente objetivo no nos hayamos dado cuenta de algo bastante importante:
Y es que quizá, ya hayamos cumplido muchos de nuestros sueños…
