Cuando la mascota muerde: por qué la RC no es un extra, sino el corazón del seguro de Mascotas
Por Alberto Alcolea, director Asistencia Sanitaria y subdirector técnico de Divina Seguros
La experiencia de tener un perro o un gato ya no se vive como antes. Son parte de la familia, ocupan sillones y fotos, y también generan gastos que hace años no se contemplaban: veterinarios especializados, pruebas diagnósticas, cirugías que cuestan como una operación humana. No sorprende que el seguro de mascotas haya crecido con fuerza. Pero hay un aspecto que muchos propietarios pasan por alto hasta que es demasiado tarde: la responsabilidad civil derivada de los daños que su animal puede causar a terceros.
Pensemos en un caso cotidiano. Un perro, por miedo o por simple instinto, muerde a un niño en el parque. O se suelta de la correa y provoca la caída de un ciclista que termina con una fractura. O escapa del jardín y causa un accidente de tráfico. En cualquiera de estos escenarios, el dueño del animal es responsable de las consecuencias, y esa responsabilidad puede traducirse en indemnizaciones considerables: gastos médicos, secuelas, incluso daños morales reconocidos por un juez.
Aquí es donde el seguro de mascotas demuestra su verdadero valor más allá de la salud del animal. La cobertura de responsabilidad civil no protege al perro o al gato: protege al propietario frente a un patrimonio que podría verse comprometido por un incidente inesperado. Y conviene subrayarlo porque en España, a diferencia de lo que ocurre con otros bienes, no existe una obligación legal generalizada de asegurar esta responsabilidad para cualquier mascota, salvo excepciones como los llamados perros potencialmente peligrosos, para los que sí es obligatorio contratar un seguro específico. Para el resto de animales la decisión queda en manos del propietario, lo que en la práctica significa que muchos hogares conviven día a día con un riesgo que no han valorado adecuadamente.
El crecimiento del número de mascotas en los hogares, el aumento de la convivencia en espacios urbanos densos y la mayor litigiosidad social hacen previsible que los siniestros por daños causados por animales sigan en aumento. Las aseguradoras que sepan explicar con claridad este riesgo, sin recurrir a tecnicismos que alejen al cliente, tienen ante sí una oportunidad tanto comercial como de servicio genuino.
Realmente de eso trata el seguro, de anticiparse a lo que nadie quiere que ocurra. Nadie contrata una póliza de mascotas pensando en que su animal vaya a causar un daño a otra persona. Se contrata pensando en enfermedades, revisiones, imprevistos veterinarios o en la parte de asistencia sanitaria veterinaria. Pero la responsabilidad civil es, precisamente por su carácter menos visible, la que puede evitar que un mal día se convierta en una ruina económica.
Como profesional convencido de la función social del seguro, creo que ha llegado el momento de hablar de esto con más franqueza. No se trata de sembrar alarma, sino de fomentar una cultura aseguradora más completa, en la que proteger a la mascota vaya de la mano de proteger también a quienes la rodean. Un seguro de mascotas bien contratado no es solo un gesto de cariño hacia el animal: es también un acto de responsabilidad hacia los demás.

